Al llegar a Patate, Leito, Manteles, Baños, Río Verde y sus alrededores, nos encontramos con un clima moderado y gente hospitalaria. Impactan las profundas quebradas que serpentean entre lomas que se yerguen irrespetando el concepto de una dócil creación, aquí todo es agreste y pintoresco a la vez. Cuando uno mira hacia abajo, se siente el temor del brusco origen geológico y cuando se mira hacia arriba, todo queda minimizado ante el gigantesco Tungurahua. La riqueza de la rugosa tierra volcánica da cabida a múltiples productos agrícolas: peras, duraznos, uvas, mandarinas, tomates, babacos, maíz, papas y se da cuanto sea sembrado y cuidado, llanos multicolores que parecieran trozos de tela cosidos entre sí, formando un gran mantel que cubre la tierra, de allí el nombre de la válida “Manteles”. La variación de altitud en nuestra travesía nos permitió estar desde los 1.726 metros sobre el nivel del mar en un clima cálido junto al río Pastaza, hasta los 3.439 metros en los páramos de las estribaciones de los misteriosos Llanganatis. |  |
Divisamos vestigios de tupidos bosques muestra de la riqueza que el hombre con su sed ha ido explotando sin consideración de las consecuencias.Podemos soñar con la leyenda del derrotero de Valverde quien se supone fue conocedor del escondido tesoro del Inca o de la intensiva explotación forestal del quien fue llamado el “rey de la leña”. Pasamos junto al bramido del río Pastaza y sus afluentes que abriéndose paso por su lecho volcánico, nos permitió imaginar cuántos cataclismos ocurrieron en el transcurso de millones de años y lo efímero de nuestras existencias. Tuvimos oportunidad de afinar nuestra habilidad de conducción junto al pedregoso lecho del río Patate y sentir la tracción y estabilidad de nuestros vehículos en ondulantes terrenos. Esta travesía nos planteó nuevas experiencias pero sobre todo una oportunidad de comulgar hombre y naturaleza. Pablo Guarderas Castro |